Nacionales

Una biografía arquitectónica de la Antártida

“Habitar lo extremo” es la consigna para la exposición central de la Bienal Internacional de Arquitectura de Buenos Aires que inspiró a dos científicas expertas en el continente blanco, a una original muestra sobre la evolución de los diseños habitables, allí donde la vida humana parece imposible.

6 de octubre de 2026

Una biografía arquitectónica de la Antártida

“La Antártida se imaginó siempre como un desierto vacío. La investigación que llevamos adelante desde Archivo SUR, narra otras historias: un continente construido, habitado y disputado desde hace dos siglos. Esta exposición es, ante todo, la biografía de ese territorio que no se suele contar”, dice Victoria Nuviala Antelo a Página/12 frente a la muestra fotográfica, fílmica y plástica, que ilustra cómo se las ha ingeniado el ser humano para estar -siempre de paso- en el continente extremo.

En la “nada blanca” brotó uno de los paisajes arquitectónicos más singulares del planeta, configurado en sus primeros años por prototipos experimentales, proyectos edilicios de posguerra, reinterpretaciones del Estilo Internacional -nutrido por las ideas de Le Corbusier y Mies van der Rohe- y el brutalismo soviético.

La investigación detrás de la curaduría de esta exhibición surgió de un diálogo entre las hermanas Violeta Nuviala -arquitecta y profesora de Historia de la Arquitectura- y Victoria Nuviala, arqueóloga e investigadora que desarrolla investigaciones en la Antártida desde 2008, ambas de la UBA. Dirigen 6044 SUR, un equipo interdisciplinario de investigación en arquitectura y hábitat en Antártida, que toma su nombre de las coordenadas de la base Orcadas, 60°44’ S, primera base argentina en Antártida y la más antigua de todas, con presencia argentina ininterrumpida desde 1904.

Esta investigación pionera en el mundo basada en la UBA la desarrollan diez investigadoras argentinas. Sus coordinadoras, Victoria y Violeta, junto con la investigadora Ximena Senatore, fueron invitadas por el Scientific Committee on Antarctic Research con sede en Cambridge, a coordinar un grupo internacional de especialistas en arquitectura antártica llamado Material and Architectural Landscape of Antarctica (MALA). La exposición parte de una investigación que reúne 150 obras arquitectónicas de 25 países y archivos de 60 instituciones internacionales, reconstruyendo un recorrido visual.

Al recorrer la muestra, Antártida se percibe como un laboratorio radical de experimentación técnica, política y ambiental, donde la arquitectura opera como refugio, infraestructura y dispositivo geopolítico. Allí se ensayaron algunas de las formas más extremas de habitar, construir y proyectar en condiciones límite.

La muestra no solo recupera memorias de los primeros expedicionarios que se instalaron allí construyendo en madera: piensa a la Antártida, no como el “fin del mundo”, sino un territorio donde se ensayan futuros posibles para habitar en condiciones extremas, acaso en la Luna o Marte.

La Antártida es un territorio completamente inusual en términos arquitectónicos. No existen allí códigos urbanos ni instrumentos de planificación convencionales, sino un marco jurídico internacional en torno al Sistema del Tratado Antártico y al Protocolo de Madrid sobre Protección del Medio Ambiente, en vigor desde 1998 que establece estrictas obligaciones ambientales para las actividades: todos los desperdicios deben ser retirados en barco al final de cada temporada.

Las dos científicas recorren la muestra con Página/12 y Violeta explica que uno de los desafíos arquitectónicos del continente --silenciosamente disputado en términos de soberanía-- es la interacción y convivencia de las 58 naciones que forman parte del Tratado Antártico. Cada país importa sus propias técnicas, materiales de construcción, lenguajes y formas de habitar: “Esta diversidad se observa en las iglesias que reproducen en algunos casos, los lenguajes arquitectónicos de cada país, sean cristianas católicas, protestantes u ortodoxas”. Y es “esta diversidad la que da forma a uno de los acervos arquitectónicos más ricos y singulares del planeta”.

Cada base mantiene huellas de las arquitecturas globales: incluso allí donde solo se observa un galpón, hay también un diseño. Las tradicionales bases antárticas de la década del 50 guardan las raíces de estas arquitecturas galponeras y su relación con algunos de los principios que atravesaron la arquitectura moderna. Allí se aplicó, indirectamente, la estética modernista de Walter Gropius y Le Corbusier, derivada de las arquitecturas industriales y sus estructuras funcionales como volúmenes simples, formas elementales y fachadas depuradas.

En la Antártida, la necesidad de responder de manera eficiente a las condiciones extremas del territorio, conduce en algunos casos, a formas arquitectónicas elementales y aparentemente universales. Pero en el modo de ocupar y habitar esos espacios brotan las diferencias entre cada base: la distribución interior, los usos asignados a cada ambiente, el color, los objetos y las formas de habitar, introducen referencias del país de origen. En las primeras bases japonesas, la organización del interior estuvo vinculada al tatami, cuya modulación condicionaba los modos de sentarse, circular y utilizar el espacio. Así, detrás de una arquitectura exterior que puede parecer común, aparecen distintas maneras de construir comunidad y de habitar lo extremo.

En su diálogo didáctico, las dos científicas --ya atrapadas de por vida por el magnetismo antártico-- cuentan que la singularidad topográfica y las condiciones del terreno son determinantes en las soluciones arquitectónicas: “En verano el continente tiene un área de 14 millones de km², pero en invierno la superficie cubierta por hielo marino alrededor del continente aumenta, casi duplicando el área antártica”.

Aunque las bases están distribuidas por el continente y muy concentradas en la Península Antártica, la mayoría está sobre la costa por razones logísticas. Sin embargo, durante el invierno las condiciones de aislamiento pueden volverse extremas, especialmente en las estaciones más remotas: hay muy pocas posibilidades de evacuación si una base se incendia o es afectada por una tormenta severa: nada debe fallar.

Uno de los desafíos es adaptar las construcciones a las condiciones de un suelo que no es estable, sino variable a lo largo del tiempo. Y el mayor desafío es cómo resolver las capas de protección y aislamiento de las estructuras. Las áreas libres de hielo ocupan el 0,5% de la superficie antártica y es allí donde se concentra la mayor parte de la arquitectura. Algunas estaciones se anclan en la roca, otras se entierran utilizando la nieve como masa aislante, y otras como Halley VI tienen estructuras sostenidas por sobre pilotes o “patas” hidráulicas con esquíes que permiten elevarlas según el nivel de nieve acumulada, y también relocalizarlas por desplazamiento cuando el hielo se mueve.

De la madera de las primeras arquitecturas del siglo XIX, se pasó a lo largo del siglo XX a sistemas prefabricados y estructuras de acero y aluminio. En el XXI se desarrollaron soluciones cada vez más ligeras, modulares, móviles y energéticamente eficientes: son tecnologías con menor impacto ambiental. Muchas de estas estructuras se prefabrican en los países de origen, donde se prueban sus componentes: luego se transportan y ensamblan en la Antártida.

--Hoy impera en el mundo una suerte de arquitectura global que tiende a la homogeneización de la mano de diseñadores mainstream. ¿Esto se repite en la Antártida?

—Desde los años 2000, algunos de los grandes estudios de arquitectura —Estúdio 41, Kurylowicz + Architects, Space Group- comenzaron a proyectar y construir en territorio antártico, trasladando ideas del movimiento moderno que remiten a “la máquina de habitar” de Le Corbusier, pero como un dispositivo de alta tecnología que incluye reducir la huella antrópica. Y estas arquitecturas reflejan una carrera entre las naciones, a ver quién desarrolla las mejores tecnologías. A la vez, hay cierto ambiente colaborativo: todos observan qué se ensaya en una base para saber si sirve y luego replicarlo. Esta creciente internacionalización se evidencia en la participación de firmas globales como el estudio británico Hugh Broughton Architects, cuyo trabajo para diversos programas antárticos nacionales favorece un intercambio de criterios técnicos y formales. Esto representa el desafío de cómo diseñar, produciendo lenguajes arquitectónicos que conserven la identidad de las diversas naciones que modelamos hoy el paisaje arquitectónico de la Antártida.

--¿Qué es lo característico de esa homogeneización?

—Ese cambio lo podés ver en esta muestra. Si mirás las bases de los 50 y 60, era muy fácil detectar la presencia de los distintos países a partir de sus arquitecturas: los edificios brutalistas rusos, las estructuras galponeras naranjas de Argentina, las exploraciones de dispositivo desmontables de Australia y las arquitecturas de madera de Reino Unido. Hoy la búsqueda está guiada por otros principios: el diseño sustentable e idealmente autónomo, la creación de pequeños dispositivos arquitectónicos que se posan temporalmente sobre el territorio, y proyectar al mundo una estética arquitectónica antártica que sea reconocida.

Violeta Nuviala explica que las tendencias de la arquitectura global se reflejan en el extremo sur con la aparición de los concursos arquitectónicos. La base india Bharati es un caso singular: la proyectó Bof Architekten -estudio alemán- y su estructura está compuesta por una envolvente de acero que integra 134 contenedores como los que transportan los barcos de carga. El resultado se diferencia del repertorio arquitectónico indio y adopta un lenguaje contemporáneo muy tecnológico. En la exposición, esta base se muestra en detalle con un fotomontaje que establece un diálogo de similaridad entre su volumetría y la Ville Savoye de Le Corbusier.

La Antártida tiene una arquitectura colorida por razones funcionales y perceptivas: los investigadores pueden salir a caminar y si al volver hay una tormenta blanca, la base puede desaparecer, aunque esté a pocos metros. El color cumple funciones de orientación y en ciertos casos, apunta a suavizar la experiencia psicológica de habitar el continente, donde la monotonía es muy fuerte.

La arquitectura antártica parte de tres condicionantes: vientos catabáticos, temperaturas que han llegado hasta los -89,2 °C y la necesidad de causar el mínimo impacto ambiental. Esto implica desafíos técnicos de gran complejidad. No hay un “estilo antártico” único, sino diversas “familias” de soluciones.

La alta tecnología irrumpe a comienzos del siglo XXI con las bases Halley VI (Reino Unido), diseñada por Hugh Broughton Architects; y con la base Princess Elisabeth (Bélgica) obra de Samyn & Partners. Con ellas, la arquitectura polar comenzó a integrar de manera explícita cuestiones de diseño, identidad, eficiencia energética y desempeño ambiental. A partir de entonces, se impuso el uso de estructuras metálicas, materiales compuestos y los innovadores “edificios caminantes” como la base Halley VI, cuyas cápsulas segmentadas evocan a la nave Discovery de la película 2001: Odisea del espacio, y a los diseños futuristas nunca concretados de la Walking City de Archigram en 1964, unas ciudades máquina que se desplazarían por el terreno.

La base belga Princess Elisabeth (2009) es presentada como la primera con emisión cero en Antártida. Posada sobre un nunatak a 1.382 m de altura, su estructura aerodinámica construida sobre roca combina acero, madera y capas de aluminio y aislamiento. Y está tan bien aislada, que no necesita un sistema convencional de calefacción para mantener la temperatura: integra energía eólica y solar, tratamiento de aguas y una red inteligente de eficiencia energética.

Antártida es un continente sin población humana permanente, aunque tiene personal científico todo el año: la población crece mucho en el verano. La permanencia humana comenzó hace poco más de dos siglos. En ciertos sectores, la noche dura seis meses y la vida es durísima, al punto de que algunos llegan a enloquecer a lo largo de un año entero en estas condiciones. Pero la arquitectura -esa ciencia de la supervivencia- torció la imposibilidad de habitar un ambiente tan extremo, cuya fauna permaneció a salvo de la bestia bípeda por millones de años. Aquí, en el museo, exhiben esos diseños sujetos a la función pero con pretensiones estéticas, también como una bella arte.

*La exposición es de entrada libre y permanecerá abierta hasta el 18 de octubre. Martes a viernes de 11:00 a 19:30 h. Sábados y domingos de 10:00 a 19:30 h. Más info: https://6044sur.com/ Instagram @6044sur

Fuente: Página12 — ver nota original